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Capital de riesgo: la decisión que definirá el crecimiento de América Latina

América Latina debe decidir si quiere ser creadora de tecnología o solo consumidora de ella. El venture capital y el corporate venture capital no son alternativas de inversión de nicho, son herramientas de desarrollo.

El venture capital, o capital de riesgo, y su variante corporativa, el corporate venture capital, suelen considerarse actividades de nicho. En conjunto representan menos del 1% del financiamiento empresarial total, una fracción casi irrelevante frente al crédito bancario y los mercados de deuda. Sin embargo, su impacto en el crecimiento económico ha sido desproporcionadamente alto. La evidencia histórica muestra que han sido decisivos en el desarrollo de las economías más dinámicas del mundo.

Su origen moderno se remonta a la segunda mitad del siglo XVIII, en la industria ballenera de Nueva Inglaterra, donde grupos de inversionistas financiaban múltiples expediciones para diversificar el riesgo de cada travesía. El principio sigue vigente: asumir riesgos extraordinarios para generar crecimiento extraordinario.

Desde entonces, el capital de riesgo se ha transformado en uno de los principales motores de la economía estadounidense. Cuatro de las cinco empresas más valiosas del mundo, Apple, Microsoft, Alphabet y Amazon, recibieron financiamiento de venture capital en sus etapas iniciales. No se trata de una coincidencia, sino de un sistema que convierte innovación en crecimiento económico.

La evidencia empírica refuerza esta relación. Un estudio del economista Ufuk Akcigit, de la Universidad de Chicago, comparó empresas que recibieron capital de riesgo con otras que utilizaron financiamiento tradicional. Diez años después, las firmas respaldadas por venture capital generaron 245% más empleo y registraron un aumento de 60% en patentes respecto del grupo de control. El capital de riesgo no solo financia empresas, acelera innovación, productividad y crecimiento.

El desarrollo de estas industrias tampoco fue espontáneo. En Estados Unidos su expansión respondió a decisiones políticas concretas. A fines de los años setenta se redujeron los impuestos a las ganancias de capital y se autorizó a los fondos de pensiones invertir parte de sus recursos en activos alternativos. Estas medidas, junto con la estabilización macroeconómica posterior, crearon el entorno que permitió el despegue del venture capital y el fortalecimiento del corporate venture capital desde la década de 1980.

Aquí surge la pregunta relevante para América Latina.

Toda región debe definir su estrategia de crecimiento. Puede optar por un modelo basado en la adopción de tecnologías extranjeras y la explotación de recursos naturales, donde la incertidumbre es menor y el financiamiento tradicional suele ser suficiente. O puede aspirar a crear tecnología propia, desarrollar nuevas industrias y competir en la frontera del conocimiento. En este último camino, contar con un ecosistema robusto de venture capital y corporate venture capital es una condición necesaria.

América Latina ha avanzado significativamente en el desarrollo de su ecosistema emprendedor, pero sus empresas más exitosas suelen escalar fuera de la región, donde encuentran capital, mercados más profundos y mayor articulación con la industria. Seguimos exportando talento e importando innovación. Al mismo tiempo, la participación sistemática de grandes empresas latinoamericanas en procesos de inversión en startups y desarrollo tecnológico sigue siendo limitada.

El resultado es una brecha persistente entre el potencial emprendedor de la región y su capacidad para transformar innovación en productividad y crecimiento sostenido.

Hoy América Latina emerge de un ciclo inflacionario complejo y enfrenta transformaciones económicas, regulatorias y tecnológicas que definirán su trayectoria productiva por décadas. Este es precisamente el tipo de momento en que se establecen las bases del desarrollo futuro.

La decisión es estratégica.

La región puede continuar dependiendo de la explotación de recursos y la adopción tecnológica, o puede construir las condiciones para generar innovación propia mediante inversión en emprendimientos de alto impacto y una mayor articulación entre startups, inversionistas y grandes empresas. Lo primero ofrece estabilidad en el corto plazo. Lo segundo define el desarrollo de largo plazo.

El capital de riesgo, tanto tradicional como corporativo, no es solo una industria financiera. Es una señal de qué tipo de economía una región decide construir.

América Latina aún no toma esa decisión.

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